Leyenda corta de las llamas de la angustia

Jun 21

Elicia era la chica más bonita de Jalpan. Como era de suponerse durante las noches de fiesta y tardeadas que había en esa localidad, los hombres iban a su casa a llevarle serenata, tratando de que ella se fijase en ellos.

El más arrojado de los jóvenes era alguien de nombre Herminio, quien según dice la leyenda era un tirador capaz de disparar a varios metros de distancia sin fallar un tiro ni por un milímetro.


Leyenda de las llamas de la angustia

Llevaba de un lado del cinturón un revólver cargado, mientras que en el otro portaba un afilado cuchillo. El día del santo de Elicia, Herminio se paró bajo el balcón de la joven y hablando en voz fuerte dijo:

– Quiero que sepan que esta muchacha va a convertirse en mi esposa. Y todo aquel que se acerque a cortejarla, será retado a duelo, pues no voy a permitir que nadie ose arrebatarme lo que es mío.

Así la joven vio como algunos muchachos se acercaban a su casa, pero en menos de lo que canta un gallo, el pistolero se encargaba de ahuyentarlos. Lo malo era que el día siguiente, se esparcía por el lugar la noticia de que cierto hombre había sido asesinado por una bala en el corazón.

Elicia intentó charlar con Herminio en varias ocasiones, para exponerle que ya no debía matar a ningún inocente. Sino que al contrario, tendría que aprovechar ese tiempo para tratar de ganar su corazón.

A veces las leyendas populares no terminan del modo en que esperamos, pues el destino se encarga de cambiar por completo el orden de los acontecimientos. De esa forma, la joven se terminó enamorando del pistolero, ya que veía la devoción que él le profesaba.

No obstante, continuaba con la angustia de presenciar cómo otros muchachos perecían por su culpa. Por tal motivo, un día que estaba absolutamente deprimida, resolvió que debía acabar con su belleza. Se arrodilló y pidió perdón al santo que reposaba sobre una repisa de cuarto y se encaminó hacia la sala.

Llevó maderos a la chimenea y los atizó con fuerza para que estos empezaran a producir llamas de gran tamaño. Cuando el fuego fue lo suficientemente intenso, se recogió el cabello, retiró el collar de perlas que colgaba de su cuello e dejó que su rostro fuera abrazado por las llamas.

Indubitablemente gritó horrendamente al sentir cómo la carne se le achicharraba. Herminio al oír los alaridos, cogió su revólver y le disparó a la chapa de la puerta ingresando a la casa intempestivamente.

Corrió hacia el comedor y jaló el mantel que estaba puesto en la mesa, utilizándolo para apagar a su amada. El rostro de Elicia había quedado irreconocible, sus facciones primorosas se transformaron literalmente en cenizas. Inclusive sus lindísimos ojos de color azul turquesa, perdieron su brillo ahora parecía más bien dos luceros apagados por una fuerte tormenta.

Ciega y sin poder hablar, la muchacha dejó rodar una lágrima por su mejilla. A lo que aquel hombre le respondió:

– “El sacrificio que acabas de hacer por mí, es una deuda que no acabaré de pagar en lo que me quede de vida. Prometo cuidarte y estar a tu lado por toda la eternidad”. Dijo Herminio.